CUIDEMOS EL MEDIOAMBIENTE

CUIDEMOS EL MEDIOAMBIENTE
NUESTRO ENTORNO, FUNDAMENTAL. NO NOS OLVIDEMOS DE LAS TRES "R": RECICLAR, REUTILIZAR, REDUCIR. SEAMOS GENTE CIVICA, NO ENSUCIEMOS NI CONTAMINEMOS. UTILICEMOS EL TRANSPORTE PUBLICO SIEMPRE QUE PODAMOS. CORRAMOS LA VOZ DE QUE EL PLANETA DEBE CUIDARSE Y PROTEJERSE, EN TODOS LOS ASPECTOS. NO MALGASTEMOS NI DESPILFARREMOS ENERGIA. CUIDEMOS Y RESPETEMOS EL MEDIOAMBIENTE

viernes, 30 de diciembre de 2011

LA EDUCACION QUE VIENE (Artículo en Kaosenlared; www.kaosenlared.net)


La instauración de la dictadura pinochetista abrió la ventana a la "oscura noche neoliberal" en toda la región. Impulsada por los "Chicago Boys" de Milton Friedman, América Latina se convirtió en un laboratorio de experimentos económicos y de la aplicación del dogmatismo neoliberal como referente ideológico. Uno de los máximos promotores de estas ideas, Frederick Von Hayek, en una entrevista al diario chileno El Mercurio en 1981, llegó a decir que el "sacrificio de vidas humanas era necesario en pos del interés general, expresado por la preservación de un número mayor de vidas en el futuro".

Los principios neoliberales se trasladaron rápidamente al sistema educativo y Chile también fue el laboratorio continental de las reformas educativas que se replicaron a lo largo y ancho de América. Estas se plasmaron en políticas modernizadoras tendentes a la privatización, la descentralización, la reducción del presupuesto público educativo, así como la modificación curricular al servicio del mercado, bajo el encuadre regulador de sistemas de evaluación de la función de los centros educativos y el desempeño docente.

Estas reformas educativas se han sostenido en corrientes pedagógicas, esto es, en la producción de cierto tipo de discursos sobre la educación, especialmente el neoliberalismo pedagógico, el cual, entre otras cosas, promueve diagnósticos cuyo fin esincorporar la competitividad y el utilitarismo como principios educativos.

Pues bien, no es casual, con los tiempos que corren, que en España haya aparecido un informe (Educación y Formación Profesional) encargado por la patronal CEOE sobre el sistema educativo cuya pretensión es llevar a cabo, precisamente, una radiografía con miras a proponer una reforma. Uno de los argumentos fundamentales del informe coincide con una de las premisas principales del pensamiento pedagógico neoliberal desarrollado en América: el sistema educativo es ineficiente y, en consecuencia, ha de ser transformado. Si bien es indiscutible que el sistema educativo en América necesitaba –y necesita– profundos cambios y transformaciones, la idea de ineficiencia dio lugar a la inserción de los principios de la pedagogía neoliberal que sugerían dónde, cómo y qué cambiar.

En España, el informe desarrolla varias ideas de las cuales destacaré una: la herencia fijada en los cromosomas del alumnado puede influir en el éxito escolar por encima del nivel socioeconómico o educativo de las familias. Esta suerte de darwinismo social representa un peligro, puesto que significa interpretar el desempeño académico de los estudiantes a través de explicaciones que están cargadas de connotaciones biologicistas, como en el siglo XIX. Se asume que el estudiantado se diferencia entre sí de acuerdo a su "naturaleza". Esta concepción representa llevar la pedagogía neoliberal hacia el extremo, pues es un argumento que, como toda idea racista, conduce a separar a las personas de acuerdo a su lugar en la escala evolutiva: los más "dotados" arriba/dentro y los menos "dotados" abajo/fuera. No es casual, desde esta perspectiva, que Esperanza Aguirre haya propuesto las aulas de excelencia, diseñadas especialmente para los alumnos y las alumnas considerados más aptos.

Ésta y otras ideas sostenidas en el informe referido son una réplica de las que sonaron hace varias décadas en América. Al parecer, en España los principios de la pedagogía neoliberal han levantado vuelo y circulan con fuerza. Y se nota, cómo no: recortes, disminución del presupuesto, privatización de la enseñanza pública, cesión de suelo público, deterioro de las condicaciones laborales del profesorado, etc. En suma, las desigualdades sociales se profundizan al tiempo que los sistemas educativos se convierten en sistemas excluyentes.

¿Cuáles han sido los resultados de la aplicación de los principios pedagógicos neoliberales en el campo de la educación en América Latina? Si se toma el caso ecuatoriano, por ejemplo, habría que fijarse en las recomendaciones del Banco Interamericano de Desarrollo y el Banco Mundial, las cuales perjudicaron directamente a las familias con menos recursos (es decir, a la inmensa mayoría), en la medida en la que, entre otras cosas, se redujo la proporción de recursos públicos destinados a los sectores más desfavorecidos del sistema educativo en detrimento de la multiplicación del número de establecimientos privados. Un fracaso. Las sucesivas reformas educativas puestas en marcha no han hecho otra cosa que ahondar en un modelo que utiliza indicadores de calidad ajenos a la lógica educacional y reduce el análisis a las articulaciones de la educación con la economía.

Ojo: se sabe que en Argentina los padres y madres de familia y docentes que en el año 1991 se manifestaban defensores de la escuela pública y resistían la tendencia privatizadora, para 1995 habían desarrollado en su lugar una fuerte competitividad interinstitucional por la obtención de los recursos extraordinarios, asociados al financiamiento de los proyectos educativos. ¿Qué pasó? Los imaginarios sobre la educación se transformaron.

Si los espejos tienen la función de reflejar las imágenes, las reformas educativas latinoamericanas representan un espejo en el cual la sociedad española debería verse representada. ¿Que por qué cuesta trabajo mirarse en ciertos espejos? Porque Spain is different, es decir, porque Latinoamérica sigue siendo representado como un lugar distinto, exótico, anclado en el pasado. Cuesta trabajo reconocer(se) en la imagen que uno rechaza de sí mismo y para ello existen espejos que también distorsionan las imágenes, acaso producen risa. Al mirarlos, se asume que quien está al otro lado es un simulacro, algo inacabado, lejano, incluso grotesco. Ya lo dijo Octavio Paz: "Esos ojos ciegos que miran los ojos con que los veo". Ver o no ver: that is the question

miércoles, 21 de diciembre de 2011

NO SOBRAN FUNCIONARIOS SINO DEFRAUDADORES Y DIRIGENTES PATRONALES QUE LOS ENCUBREN (Artículo de Juan Torres en Attac; www.attac.es)


El presidente de la patronal española ha vuelto a insistir en que sobran funcionarios en España y que hay que poder despedirlos igual que a los trabajadores de la empresa privada (Nada nuevo, pues desde que llegó al cargo viene diciendo que en “Hay más de 150.000 funcionarios del Estado que no tienen trabajo que hacer“).

Veamos qué hay de verdad en ello.

En España el porcentaje de personas adultas que trabajaban para el sector público en 2008 era del 13% del total de la población activa, uno de los más bajos de la UE-15 (16%). En los países europeos cuyas economías son de las más competitivas y eficientes del mundo, según la OCDE, ese porcentaje era aún mayor: 26% en Dinamarca, 22% en Suecia o 19% en Finlandia.

En España, pues, no sobran sino que faltan funcionarios, al menos en comparación con nuestros países vecinos en donde las cosas funcionan mucho mejor. Y eso es el resultado, principalmente, de que nuestro Estado de bienestar está menos desarrollado porque el gasto social es aquí bastante más bajo que en la Europa de los 15 (aproximadamente el 72% de su media).

Pero eso no es lo peor de lo que no sabe o de lo que oculta el líder de la patronal.

El número de empleados públicos en España es de unos de 3,1 millones y se calcula que el coste de sus nóminas es más o menos de unos 115.000 millones de euros anuales.

El colectivo de Técnicos del Ministerio de Hacienda (Gestha) estima que la evasión fiscal de las grandes fortunas, corporaciones empresariales y grandes empresas alcanzó los 42.711 millones de euros en 2010 (Actualidad Gestha: El 72% del fraude fiscal lo hacen grandes empresas). O sea, el 37% de lo que cuestan los más de tres millones de empleados públicos españoles, y casi la mitad de los 92.000 millones de déficit público de ese ejercicio.
Es evidente, pues, que la patronal no propone reducir el número de funcionarios (como también recortar el gasto en educación, en salud, en pensiones o en servicios a las personas dependientes) porque aquí se gaste mucho en esos conceptos sino porque quieren que las grandes fortunas y los grandes capitales defrauden aún más y paguen todavía menos a Hacienda.

Y, por otra parte, es verdaderamente aberrante y demencial que un dirigente empresarial prefiera que haya 115.000 personas menos sin ingreso en la economía, debilitando así la demanda y los beneficios de miles de pequeños y medianos empresarios afiliados a su propia organización patronal, solo para evitar que la exigua minoría de privilegiados a quien defiende (que no la totalidad de los empresarios) contribuya como los demás al progreso social.
La conclusión es sencilla: en España no sobran funcionarios sino defraudadores que usan para encubrirse a los dirigentes de la patronal.

domingo, 11 de diciembre de 2011

EL NEOFEUDALISMO QUE VIENE (Artículo en Kaosenlared; www.kaosenlared.net)


Durante las décadas anteriores a la Revolución francesa, las monarquías europeas intentaron salvar sus privilegios mediante las reformas que pusieron en marcha los Ilustrados. No fue suficiente. El Antiguo Régimen, que fiaba todo el poder a un monarca absoluto y a sus cortesanos, estaba podrido y su peso era tal que lastraba el desarrollo y el progreso de ciudadanos y países. En 1789 comenzó el derribo del pasado y la construcción del futuro, pero las revoluciones son un destello, no triunfan en unos meses, pero marcan el camino de la Historia. De aquel mes de julio francés salieron las palabras Libertad, Igualdad y Fraternidad, palabras que por sí solas resumen todavía la ambición más alta del Ser Humano, aunque, ni mucho menos, estén a día de hoy en el código genético de la mayoría de nuestros congéneres.

Contra la Revolución Francesa –igual ocurriría después contra la rusa- los antiguos levantaron cortafuegos, traiciones, guerras e invasiones. La revolución se diluyó en manos de Napoleón, cuando quiso ser Dios, pero quedó el germen. Ya nada iba a ser igual. Tras un siglo XIX convulso se llevó al sufragio censitario, es decir al voto de los que tenían censos, o sea rentas, los demás sólo tenían deberes, después de muchas batallas al sufragio masculino, mucho después, avanzado el siglo XX, al universal: La mujer era, por fin, persona pese a lo mucho que se empeñaron en lo contrario eclesiásticos y filibusteros afines. Empero, la democracia nunca fue un fin, sino un camino, un edificio en constante y perpetua construcción. Pasa con todas las revoluciones –y la democracia lo es-, porque en otro caso dejan de serlo para convertirse en instrumentos de dominio al servicio de unas u otras minorías privilegiadas. Y el sufragio universal conseguido en las calles de toda Europa –la Democracia estadounidense se formó sobre el negocio y la religión-, no consistió nunca en el derecho a votar, a participar en unos comicios, sino que llevó aparejada la conquista de otros muchos derechos políticos, económicos, sociales y culturales. No fue desde luego menor, el derecho a la educación, pues desde los albores del nuevo régimen siempre se consideró la elevación cultural de las masas, que tanto asustaban a Ortega, como necesidad indispensable para que el pueblo y los individuos que lo componen supiesen discernir, evaluar y criticar para ser dueños de sus destinos.

Todo esto, que contamos de manera fugaz, no ocurrió de la noche a la mañana, fue un larguísimo proceso que comenzó el 14 de julio de 1789 en París, continuó con la revolución rusa y todavía no ha culminado ni lo hará nunca, porque su motor es la constante renovación para mejor vivir todos. Nosotros, el pueblo, somos los protagonistas de la historia, pero hay veces en que, dormidos y narcotizados, dejamos que los fantasmas del pasado vuelvan y nos retrocedan a periodos ya superados. Son briznas en el tiempo que pasan y luego quedan en los libros como periodos oscuros. El problema es que, no nos queda otra, medimos el tiempo histórico en relación a nuestras vidas y es muy desagradable que uno de esos retrocesos nauseabundos, ocupen una parte importante de nuestra finitud, amargándonos con mil miedos y amenazas. Estamos en eso, pero también está en nuestras manos salir de eso. Durante el feudalismo, sistema que se basaba en la rendición de vasallaje –obediencia absoluta, sumisión- de unas personas a otras, el miedo esparcido por las huestes salvajes de las órdenes de caballería sacrosantas y desde los púlpitos de esos edificios inmensos construidos con sangre del pueblo en todos los pueblos, mantuvo todo en su sitio: El temor a Dios era tan grande como el temor al señor o al caballero empeñado en apropiarse de lo ajeno, materia o inmaterial, por la fuerza bruta. Con ellos siempre viajaba la cruz. No fue otra cosa el feudalismo que el resultado de la descomposición del Imperio romano, de las instituciones, de la cultura y las ciudades romanas. Nació en los campos en los que la gente se escondió no por miedo a los bárbaros, sino para poder comer. En su huida, aquellos hombres olvidaron a Espartaco, olvidaron que la fuerza del hombre, que el motor de su progreso fue siempre la unión frente al tirano poderoso, nunca ponerse bajo el abrigo envenenado y mortífero de su capa. Ocurrió hace mucho, pero puede que no esté tan lejos.

El siglo XX ha sido uno de los más sanguinarios de la Historia Universal. La lucha por el control de las colonias provocó cientos de enfrentamientos y guerras que acabaron tras la Segunda Guerra Mundial con el establecimiento, en la parte más avanzada del mundo, de un sistema de clara inspiración socialista: La guerra siempre fue uno de los mejores festines para el capital menos cuando terminaba destruyéndolo todo y, por tanto, arruinando el negocio. Lo más lógico, incluso para los capitalistas, habría sido la extensión de ese modelo a otras regiones del mundo, pues habría aumentado el número de consumidores y, por ende, la acumulación de riquezas. No fue así, la lógica y la codicia no se llevan bien. Como el Estado socialdemócrata surgido a finales de los cuarenta -esencialmente por el miedo a la URSS- era intervencionista y regulador, duró lo que duró el movimiento obrero activo y el régimen soviético. Amansado aquél y desaparecido éste, los capitalistas decidieron no sólo regresar al antiguo régimen, sino más lejos, al feudalismo. Puesto que era el Estado quién garantizaba los derechos conquistados y quien cobraba los impuestos para su sostenimiento, había que acabar con él para dejar de pagar impuestos, para recuperar el poder perdido, para apropiarse del Erario, de la caja de caudales con la que se paga Sanidad, Educación, asistencia social, pensiones e infraestructuras de uso común. Durante años se dijo y se repitió hasta la saciedad que el Estado era el causante de todos los males, que era ineficaz e insostenible, que los particulares con posibles y la banca –no hay más que mirar el desfalco que perpetran y pagamos entre todos contra nuestra voluntad- eran los gestores ideales. Y mucha gente creyó la mentira, invirtió en pisos y bolsa –era el capitalismo popular- sus pequeños ahorros y se arruinó. Aún así, en su mentalidad disminuida, continuaron creyendo en la mentira más grande jamás urdida, admirando al enriquecido sin preocuparle un bledo el origen espurio de su riqueza -¡¡yo quiero ser como ellos!!- y mucho menos que estaban, cada uno por su pelleja, cavando su propia tumba y la de sus descendientes.

Hoy el capitalismo, completamente borracho de éxito pero ciego ante su povernir: no hay capitalismo sin consumidores, sigue asaltando la Bastilla de los logros sociales condensados en los restos del Estado socialdemócrata, al que noqueó con alfombras rojas, elixires embriagadores y lujos exóticos para la nomenclatura, y medios de comunicación deseducadores y mariscadas de baratillo para el vulgo. El Estado construido con el esfuerzo de todos para protegernos de los señores feudales, está siendo destruido mediante artíficos contables. Si entre todos consentimos su voladura, tendremos que volver a buscar señor que nos proteja a cambio de entregarle nuestra alma y nuestra hacienda. Entraremos voluntariamente en el NEOFEUDALISMO.

martes, 6 de diciembre de 2011

LA GRAN REGRESION (Artículo de Ignacio Ramonet en Le Monde Diplomatique)


Está claro que no existe, en el seno de la Unión Europea (UE), ninguna voluntad política de plantarle cara a los mercados y resolver la crisis. Hasta ahora se había atribuido la lamentable actuación de los dirigentes europeos a su desmesurada incompetencia. Pero esta explicación (justa) no basta, sobre todo después de los recientes “golpes de Estado financieros” que han puesto fin, en Grecia y en Italia, a cierta concepción de la democracia. Es obvio que no se trata sólo de mediocridad y de incompetencia, sino de complicidad activa con los mercados.

¿A qué llamamos “mercados”? A ese conjunto de bancos de inversión, compañías de seguros, fondos de pensión y fondos especulativos (hedge funds) que compran y venden esencialmente cuatro tipos de activos: divisas, acciones, bonos de los Estados y productos derivados.

Para tener una idea de su colosal fuerza basta comparar dos cifras: cada año, la economía real (empresas de bienes y de servicios) crea, en todo el mundo, una riqueza (PIB) estimada en unos 45 billones (1) de euros. Mientras que, en el mismo tiempo, a escala planetaria, en la esfera financiera, los “mercados” mueven capitales por un valor de 3.450 billones de euros. O sea, setenta y cinco veces lo que produce la economía real...

Consecuencia: ninguna economía nacional, por poderosa que sea (Italia es la octava economía mundial), puede resistir los asaltos de los mercados cuando éstos deciden atacarla de forma coordinada, como lo están haciendo desde hace más de un año contra los países europeos despectivamente calificados de PIIGS (cerdos, en inglés): Portugal, Irlanda, Italia, Grecia y España.

Lo peor es que, contrariamente a lo que podría pensarse, esos “mercados” no son únicamente fuerzas exóticas venidas de algún horizonte lejano a agredir nuestras gentiles economías locales. No. En su mayoría, los “atacantes” son nuestros propios bancos europeos (esos mismos que, con nuestro dinero, los Estados de la UE salvaron en 2008). Para decirlo de otra manera, no son sólo fondos estadounidenses, chinos, japoneses o árabes los que están atacando masivamente a algunos países de la zona euro.

Se trata, esencialmente, de una agresión desde dentro, venida del interior. Dirigida por los propios bancos europeos, las compañías europeas de seguros, los fondos especulativos europeos, los fondos europeos de pensiones, los establecimientos financieros europeos que administran los ahorros de los europeos. Ellos son quienes poseen la parte principal de la deuda soberana europea (2). Y quienes, para defender –en teoría– los intereses de sus clientes, especulan y hacen aumentar los tipos de interés que pagan los Estados por endeudarse, hasta llevar a varios de éstos (Irlanda, Portugal, Grecia) al borde de la quiebra. Con el consiguiente castigo para los ciudadanos que deben soportar las medidas de austeridad y los brutales ajustes decididos por los gobiernos europeos para calmar a los “mercados” buitres, o sea a sus propios bancos...

Estos establecimientos, por lo demás, consiguen fácilmente dinero del Banco Central Europeo al 1,25% de interés, y se lo prestan a países como, por ejemplo, España o Italia, al 6,5%... De ahí la importancia desmesurada y escandalosa de las tres grandes agencias de calificación (Fitch Ratings, Moody’s y Standard & Poor’s) pues de la nota de confianza que atribuyen a un país (3) depende el tipo de interés que pagará éste por obtener un crédito de los mercados. Cuanto más baja la nota, más alto el tipo de interés.

Estas agencias no sólo suelen equivocarse, en particular en su opinión sobre las subprimes que dieron origen a la crisis actual, sino que, en un contexto como el de hoy, representan un papel execrable y perverso. Como es obvio que todo plan de austeridad, de recortes y ajustes en el seno de la zona euro se traducirá en una caída del índice de crecimiento, las agencias de calificación se basan en ello para degradar la nota del país. Consecuencia: éste deberá dedicar más dinero al pago de su deuda. Dinero que tendrá que obtener recortando aún más sus presupuestos. Con lo cual la actividad económica se reducirá inevitablemente así como las perspectivas de crecimiento. Y entonces, de nuevo, las agencias degradarán su nota...

Este infernal ciclo de “economía de guerra” explica por qué la situación de Grecia se ha ido degradando tan drásticamente a medida que su gobierno multiplicaba los recortes e imponía una férrea austeridad. De nada ha servido el sacrificio de los ciudadanos. La deuda de Grecia ha bajado al nivel de los bonos basura.

De ese modo los mercados han obtenido lo que querían: que sus propios representantes accedan directamente al poder sin tener que someterse a elecciones. Tanto Lucas Papademos, primer ministro de Grecia, como Mario Monti, Presidente del Consejo de Italia, son banqueros. Los dos, de una manera u otra, han trabajado para el banco estadounidense Goldman Sachs, especializado en colocar hombres suyos en los puestos de poder (4). Ambos son asimismo miembros de la Comisión Trilateral.

Estos tecnócratas deberán imponer, cueste lo que cueste socialmente, en el marco de una “democracia limitada”, las medidas (más privatizaciones, más recortes, más sacrificios) que los mercados exigen. Y que algunos dirigentes políticos no se han atrevido a tomar por temor a la impopularidad que ello supone.

La Unión Europea es el último territorio en el mundo en el que la brutalidad del capitalismo es ponderada por políticas de protección social. Eso que llamamos Estado de bienestar. Los mercados ya no lo toleran y lo quieren demoler. Esa es la misión estratégica de los tecnócratas que acceden a las riendas del gobierno merced a una nueva forma de toma de poder: el golpe de Estado financiero. Presentado además como compatible con la democracia...

Es poco probable que los tecnócratas de esta “era post-política” consigan resolver la crisis (si su solución fuese técnica, ya se habría resuelto). ¿Qué pasará cuando los ciudadanos europeos constaten que sus sacrificios son vanos y que la recesión se prolonga? ¿Qué niveles de violencia alcanzará la protesta? ¿Cómo se mantendrá el orden en la economía, en las mentes y en las calles? ¿Se establecerá una triple alianza entre el poder económico, el poder mediático y el poder militar? ¿Se convertirán las democracias europeas en “democracias autoritarias”?

¿SOLO LA IZQUIERDA O MEJOR TODOS LOS DE ABAJO? (Artículo de Juan Torres en Attac; www.attac.es)


El periodo de perturbaciones financieras y sociales que estamos viviendo muestra muchas carencias y frustraciones. Creo que puede decirse con razón, como los propios dirigentes más conservadores reconocen, que el sistema capitalista está registrando una falla de extraordinaria intensidad. Podría hablarse incluso de su fracaso histórico. 35.000 muertes diarias por hambre y un sistema financiero internacional que está al borde de la quiebra generalizada serían suficientes para mantener con fundamento esa afirmación. Pero, al mismo tiempo, es imposible dejar de reconocer que se ha producido un fracaso paralelo de las organizaciones de la izquierda tradicional y de los movimientos alternativos a la hora de impedir que la crisis del sistema se haya resuelto con un avance sustancial hacia la superación del capitalismo y hacia el mayor empoderamiento de las clases trabajadoras y, en general, de la población que viene sufriendo su incapacidad para satisfacer las necesidades básicas de los seres humanos.

Es cierto que este segundo fracaso tiene su origen en una contundente ofensiva previa de las fuerzas del capital que no dudó en acabar con la vida de miles de personas con tal de soslayar cualquier atisbo de cambio social que perjudicara a los grandes poderes financieros, económico y mediáticos. Y que la derrota de las fuerzas de izquierda fue debida en gran parte a las formas muy antidemocráticas o incluso fascistas que ha venido utilizando el capitalismo neoliberal de nuestra época.

Y es verdad también que el fracaso no ha sido total si se tiene en cuenta que la forma en que se resuelve la crisis está levantado una oleada planetaria de indignación, una rebeldía que se hace notar cada vez con más fuerza que quizá sea el origen no solo de protestas más o menos puntuales y localizadas sino de un nuevo espacio de lucha social y de sujetos políticos de nuevo tipo y con mucha más capacidad de impulsar cambios que los tradicionales, como está siendo en España el 15-M.

Pero, en todo caso, es evidente que estos últimos se encuentran todavía en fase muy embrionaria y que de momento no son capaces de generar la fuerza necesaria ni para frenar la ofensiva del capitalismo neoliberal ni para constituir una alternativa deseada, creíble y a la que se le tenga temor por los poderes dominantes.

Por eso creo que está completamente injustificado continuar actuando desde las filas de las izquierdas como si nada hubiera pasado, ajenos a la impotencia efectiva que padece a la hora de proponer alternativas, de hacerlas atractivas para las mayorías sociales y de frenar los continuos a ataques al bienestar, a la democracia y a la libertad que se vienen produciendo.

En mi opinión este fracaso de las izquierdas no tiene que ver solo con circunstancias coyunturales sino que es la culminación de una serie de deficiencias y limitaciones históricas muy graves en el discurso y en la práctica que venimos realizando en las diferentes sensibilidades de la izquierda.

Creo que estas limitaciones podrían resumirse en un efecto principal: la incapacidad para influir en las condiciones que generan hegemonía y consenso social debido a diversas circunstancias que podrían resumirse en las siguientes.

Los discursos de la izquierdas siguen basándose en categorías intelectuales y formales que ya no entroncan con los códigos con los que la mayoría de la sociedad percibe los fenómenos sociales. Puede ser cierto que eso responde a un empobrecimiento de los modos de analizar el mundo y a una banalización de los códigos de percepción y socialización pero la realidad es que la terminología, los tonos, las formas y los iconos de las izquierdas más o menos convencionales no encajan hoy día con el lenguaje dominante en nuestras sociedades. La prueba de ello es que al mismo tiempo que las organizaciones más tradicionales apegadas a este tipo de discurso se hacen cada vez más ajenas a la población otras de carácter más abierto, de expresión más plural y lenguaje menos nominalizado, como pueden ser ATTAC u otras asociaciones y movimientos de este tipo, como la reciente Democracia Real Ya en el seno del 15-M, son capaces de desplegar mucha más influencia y capacidad de convencimiento e incluso movilización social.

Aunque pudiera ser cierto que este fenómeno sea el resultado de los ataques injustos, de la demonización por parte de los grandes poderes mediáticos o que provenga de otros mucho menos plurales y democráticos, lo cierto es que la vieja iconografía de la banderas, de las hoces y martillos o de los discursos de las grandes categorías de la mecánicas social del XIX no permiten que haya entendimiento, empatía, entre las izquierdas que se amparan en ellos y las gentes normales y corrientes a las que se apela.

En particular, las izquierdas tradicionales parecen seguir empeñadas en entender que los cambios sociales se producen a través de la acción de sujetos colectivos impersonales (la clase obrera, el proletariado), sin percatarse de que si bien las clases siguen siendo cada vez más nítidas y reales, lo más cierto es que los cambios no los realizan las categorías sociológicas sino las personas.

A las izquierdas les falta humanidad, en el sentido más lato del término, hablarle a los ojos a las seres humanos, rozarse con ellos (como, por cierto, pasaba en los primeros hitos de los movimientos obreros organizados), gozar y sufrir con ellos, en lugar de hablarles para llamarles a la acción desde la (falsa) seguridad de que conocen sus destinos y la forma en que pueden conquistarse. Es decir, haciéndose cómplices y no dándoles órdenes.

La mayoría de las izquierdas están ancladas además en discursos maximalistas que la inmensa mayoría de la gente considera hoy día completamente extemporáneos, como consecuencia de esa especie de disociación cognitiva entre sus respectivas formas de ver la naturaleza de los asuntos sociales e incluso en las de expresarlos verbalmente.

Por otro lado, las izquierdas vienen mostrándose completamente incapaces de gobernar la diversidad, incluso su propia diversidad interna. Sigue estando asociada a depuraciones, batallas cainitas, divisiones, secesiones y a todo tipo de rupturas. No por casualidad sino como fruto de lo que acabo de señalar. Cada sensibilidad de izquierdas se presume dueña de las claves que permiten interpretar lo que ocurre en el mundo y solucionarlo. La socialdemocracia es traidora para quienes están a su izquierda, pero la izquierda comunista tradicional es reformista para la que se cree más anticapitalista y ésta última perfectamente asociable a la anterior para las anarquistas o autonomistas, y así sucesivamente. Una patología que a su vez se reproduce en el seno de cada una como se puede percibir para cualquier observador incluso lejano de lo que ocurre en la izquierda.

Eso se traduce no solo en una falta de afecto de la sociedad a quien así se comporta sino también en una desunión me atrevería a decir que visceral que impide que las respuestas frente a las agresiones del capital sean eficaces.

Se trata, a mi juicio, de una herencia pesada que sigue haciendo que la izquierda se deje llevar por el mecanicismo que se transmuta en totalitarismo cuando se desenvuelve entre algo que tenga que ver con el reparto del poder por muy insignificante que este sea. No solo en el nivel operativo o de la acción sino en el de acuerdo sobre cuestiones básicas que es increíble que aún no estén resueltas de común acuerdo: el papel de la presencia en las instituciones, del trabajo sindical, etc.

Finalmente, creo que la izquierda paga muy caro también su incapacidad para “adelantar” a la sociedad lo que le ofrece, para anticiparle de alguna forma el tipo de mundo que desea alcanzar. Salvo casos muy excepcionales, y precisamente por ello muy valiosos, y sobre todo en procesos dirigidos por experiencias de participación popular más que por la izquierda tradicional, apenas tenemos entre nosotros experiencias de nuevas formas de organización económica, financiera, social, urbana… salvo casos, como digo, muy singulares y excepcionales. Algo muy diferente a lo que ocurría en los primeros pasos de los movimientos obreros organizados cuando se creaban cooperativas, vínculos de solidaridad personal y social muy visibles y experiencias de vida en común que permitían que los trabajadores comprobasen que valía la pena optar por otro modo de vivir y de actuar.

Todo lo anterior no puede ser ajeno al desprecio de las actividades formativas, a la escasa relevancia que se da a la consistencia intelectual de la militancia de izquierdas. Es tan significativo como lamentable que no existan experiencias de escuelas, de seminarios conjuntos, de medios de comunicación compartidos, de revistas…. de izquierdas.

La cuestión estriba, pues, en reflexionar sobre si se pueden superar estas deficiencias.

A mi juicio no va a ser una tarea fácil porque se implican muchas dimensiones del problema y a muchos sujetos y organizaciones pero se trata de un reto al que están abocadas las diferentes corrientes y sensibilidades de la izquierda si no quieren ir desapareciendo y quedar definitivamente convertidas en resquicios de épocas pasadas.

El primer requisito que yo creo que hay que satisfacer es asumir que esta tarea requiere un esfuerzo gigantesco y muy sincero de convergencia. Es imprescindible unir fuerzas y llevar a cabo un acercamiento de análisis de la situación y de propuestas. Hay que superar la fragmentación, el ensimismamiento y el conformismo con ocupar una trinchera propia inexpugnable en torno a principios abstractos y cada vez más vacíos de contenido.

El segundo es el de asumir también que hay que poner en primer plano la movilización social en su más amplio sentido. El dominio del capitalismo neoliberal tiene el inconveniente de que es extraordinariamente agresivo y criminal pero la ventaja, desde el punto de vista de hacerle frente, que afecta a clases y capas sociales muy amplias, muchas de ellas ajenas a los espacios a los que tradicionalmente se ha asociado la izquierda.

Llamar hoy día solamente a las personas de izquierdas, apelar exclusivamente a la unión de la izquierda, puede ser un prerrequisito pero no un objetivo final porque esto sería limitarse a querer movilizar a un porcentaje ya casi ínfimo de la sociedad. Se trata, por el contrario, de actuar como catalizadores de la respuesta social más amplia posible, de todos y todas “los de abajo”, teniendo en cuenta que las agresiones del neoliberalismo se producen no solo a las clases trabajadoras sino a pequeños y medianos empresarios, a autónomos o profesionales, a las clases pasivas, o a los jóvenes, a las mujeres, sin distinción de ideologías e incluso de posición social.

Para ello es preciso que las izquierdas recuperen su capacidad de interlocución con la sociedad y que no se dediquen a hablar con ellas mismas, que recuperen el sentido humano de la vida política, como decía antes, que humanicen sus discursos vaciándolos de categorías nominalistas para llenarlos de fraternidad, de sentimientos y de cercanía a la gente que no necesariamente comparte ni va a compartir jamás con ella los códigos de pensamiento y lenguaje.

La izquierda, además, debe ser consciente de que es imposible llevar a cabo los cambios sociales solo con sus propios partidarios o fieles, o jugando el partido “en casa”, sino que hay que hacerlos con los mimbres que hay en cada momento, con la oposición de buena parte de la sociedad a la que no se puede hacer desparecer y caminando constantemente contra la corriente. Percibir que se actúa en un mundo complejo y en medio de una constante, inevitable y gran diversidad y aprender a actuar en estas condiciones es la gran tarea pendiente de las izquierdas y sin lo cual es imposible que puedan salir adelante sus propuestas de cambio.

Yo creo que si avanzamos en esas líneas de convergencia y empatía con la sociedad será posible abordar otros pasos de los que depende la quiebra del sistema de dominio en el que estamos: rompiendo su legitimación, haciendo saltar los consensos básicos del neoliberalismo, mostrando que sus instituciones no funcionan y presentando a la sociedad nuevas alternativas.

Los movimientos de indignados, el 15M, demuestran que son muchas las personas que están dispuestas a afrontar el reto de pensar y hablar de otro modo a la sociedad para desvelar y combatir las injusticias y la explotación. Lo harán con o sin las izquierdas tradicionales así que a éstas más les vale ponerse al día, quitarse los ropajes viejos y meterse en estos nuevos espacios de la política con inteligencia y humildad